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¡Ha resucitado! La iglesia a la que iba cuando era niño tenía varios
servicios durante la Semana Santa. Solían pasar la película muda de Cecil B. DeMille El Rey de Reyes
todas las noches, desde el domingo de Ramos hasta el Viernes Santo. También teníamos un servicio de Viernes
Santo a las 3:00pm cuando conmemorábamos el sacrificio de Jesús en la cruz del calvario. Un año, al final
de ese servicio de la tarde, el pastor le pidió a un grupo de nosotros que estábamos allí, aproximadamente
entre 30 a 36 personas, que lo ayudáramos con el servicio dominical. Nos
pidió que llegáramos a la iglesia el domingo exactamente diez minutos antes de que empezara el servicio, después
de que la mayoría de los asistentes ya estuvieran allí sentados. Luego nos pidió que rápidamente
entráramos al templo, que fuéramos corriendo hacia todos los que viéramos, que los tomáramos de
la mano o del brazo y les dijéramos con toda la emoción que nos fuera posible expresar: “¡Ha resucitado!”
Entonces, si y cuando nos acercáramos el uno al otro, el primero diría: “¡Ha resucitado!”
y el otro respondería: “¡Ciertamente el Señor ha resucitado!”.
Quizá usted pueda imaginarse la conmoción en el templo lleno con unas 600 a 700 personas, mientras los
30 a 36 de nosotros íbamos de un lado para otro, diciendo con los ojos llenos de emoción: “¡Ha resucitado!”
y “¡Ciertamente el Señor ha resucitado!” Nuestros tres pastores entraron al templo esa mañana,
aproximadamente con 30 segundos de intervalo el uno del otro, y se encontraron con un barullo lleno de entusiasmo. El pastor
más antiguo preguntó: “¿Qué está pasando aquí?” El
pastor asociado llegó poco después y lo agarró del brazo y le dijo: “El Señor ha resucitado,
(luego, señalando a la gente en la congregación que estaban en el servicio de Viernes Santo, dijo) y Fred y
Linda lo vieron. Al mismo tiempo el pastor de los jóvenes se unió a ellos en el podio diciendo: “¡Ciertamente
el Señor ha resucitado!”, y todos somos testigos”. Bueno, fue efectivo. Asociado a esas
palabras había un entusiasmo que no había estado allí antes. Entonces, nuestro pastor comenzó
a decir, “¿Pueden imaginarse el entusiasmo en los corazones y las vidas de aquellas personas, en aquella primera
mañana de Semana Santa; cuando por primera vez en la historia, las tres palabras más grandiosas
que alguna vez se hayan dicho, resonaron en los labios de la gente de Dios: “¡Ha resucitado!” Nunca nos
olvidemos de cómo el mundo cambió aquel día. “Ha resucitado y todavía vive para interceder
por nosotros”. Bueno, eso comenzó una tradición en nuestra iglesia. Desde entonces,
cada año durante la mañana del domingo de Resurrección nos saludábamos el uno al otro, uno diciendo:
“¡Ha resucitado!” (Mateo 28:6,7) y otro respondiendo: “¡Ciertamente el Señor
ha resucitado!” (Lucas 24:34). Esto causó una tremenda impresión en el corazón
de un niño de diez años. Se me había permitido ser parte de ese servicio. ¡Yo fui uno de esos 30
a 36 que llevaron el mensaje que decía: “¡Ha resucitado!” a nuestra congregación! Mi corazón
se deleita cada año al entregar este mensaje. Esa mañana de Semana Santa en el Año de Cristo número
28, el ángel fue el primero en decirlo. Mateo 28:6, 7No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde
fue puesto el Señor.E id pronto y decid a sus
discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.
He aquí, os lo he dicho. No descuidemos ésta nuestra responsabilidad que nos brinda
gozo, la de “ir pronto y decir a todos que él ha resucitado”. Dios, no permitas que nuestras bocas alguna
vez se cansen de hablar esas gloriosas palabras: ¡HA RESUCITADO!
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